
A los 52 años, trabajaba 16 horas diarias.
No exagero. Dieciséis horas frente al ordenador, siete días a la semana. Mi negocio de ingeniería se había paralizado por el Dieselgate, la pandemia y la crisis de semiconductores. Mis padres habían fallecido. Mi hijo se había emancipado. Y yo intentaba compensar el caos externo con más trabajo.
El resultado fue predecible: mi salud se degradaba, mi peso aumentaba, mi autoestima caía en picado. Llegué al punto de detestar la imagen que veía cada mañana frente al espejo.
Hoy, a los 58 años, trabajo 4 horas diarias de creación de contenido. Publico un artículo semanal en tres plataformas, una newsletter, 10-11 Notes, y un audio. Genero ingresos digitales sostenibles.
La diferencia no fue motivación. Fue un sistema.
Este artículo te muestra exactamente cómo lo hago.
Voy a ser directa: los sistemas de productividad diseñados por millennials no funcionan para nosotros.
No porque seamos menos capaces. Porque nuestra realidad es diferente.
A los 50+:
Nuestra energía es finita y más valiosa. No tenemos el metabolismo de los 25, que nos permitía funcionar con 4 horas de sueño y 6 cafés. Cada hora de trabajo concentrado cuesta más. Desperdiciarla en tareas de bajo valor es un lujo que no podemos permitirnos.
Nuestro tiempo tiene más competencia. Padres mayores que cuidar, hijos que, aunque adultos, siguen necesitando apoyo, cuerpos que requieren más mantenimiento. El «grind 24/7» de los gurús de productividad no solo es insostenible, es irresponsable.
Nuestra experiencia es un multiplicador. 30 años de conocimiento acumulado significan que un artículo nuestro puede tener la profundidad de cinco artículos de alguien con menos recorrido. Pero solo si tenemos la energía para escribirlo bien.
La productividad a nuestra edad no es hacer más. Es hacer lo que importa, cuando nuestra energía lo permite, con sistemas que protejan esa energía.
Mejor avanzar con calma que acabar quemado.
Esta frase no es solo un mantra. Es el principio que guía todo lo que te voy a contar.
Antes de hablarte del sistema, necesitas entender cómo llegué a él.
Era plena pandemia. Una mañana de domingo faltaba arroz para la comida. Por ser festivo, solo podía conseguirlo en un supermercado a 30 minutos a pie.
Mi sensación de agobio era tal que me ofrecí a ir yo. Necesitaba salir, aunque eso supusiera abandonar la pantalla del ordenador por más de una hora.
En casa me miraron extrañados. La «superocupada» dejándolo todo para ir al super. Eso no era normal.
Lo que experimenté durante ese trayecto cambió mi vida.
Me sentí renovada, liberada, reconecté con mi interior. Y curiosamente, a pesar del «esfuerzo físico», el resto del día estuve más activa que nunca.
Las sensaciones fueron tan agradables que decidí convertir las caminatas en un hábito diario.
Durante esas caminatas:
Me reencontré con mi creatividad
Empecé a bajar de peso
Mejoró mi salud e imagen personal
Recuperé mi autoestima
Mejoró mi motivación
Entré en un bucle virtuoso que me fue sacando del pozo para trasladarme a «otra dimensión» donde sí tenía sentido vivir.
La pregunta obsesiva que me hice fue: ¿Por qué? ¿Cómo era posible que el consumo energético de esas caminatas se tradujera en MÁS energía?
Me puse a investigar. El resultado fue mi libro «Incombustible» y el principio fundamental que guía mi productividad: la energía genera energía, pero solo si la gestionas con sistema.
Después de experimentar durante dos años, encontré mi configuración óptima: bloques de 50 minutos de trabajo profundo.
Nuestro cerebro no está diseñado para concentrarse de forma intensa durante muchas horas seguidas: suele funcionar en ciclos ultradianos de unos 90–120 minutos, en los que la energía y la atención suben y luego empiezan a bajar.
Si ignoras esa caída y sigues forzando, tu concentración se vuelve menos precisa, cometes más errores y acabas más agotado, aunque estés ‘echando más horas’.
Por eso es más efectivo trabajar en bloques profundos de 60–90 minutos y hacer pausas de recuperación real antes de volver a pedirle el máximo a tu cerebro.
En mi caso, después de mucho probar, he descubierto que mi ritmo ideal es de unos 50 minutos de concentración profunda seguidos de 10 minutos de descanso real: levantarme, mover el cuerpo, hidratarme y desconectar de la pantalla.
Ese patrón 50/10 respeta la misma lógica: explotar un bloque de foco intenso, cortar antes de que la energía se desplome y dejar que el cerebro se recupere para el siguiente ciclo sin llegar al agotamiento.
Los estudios hablan de ciclos ultradianos de unos 90–120 minutos, pero eso no significa que tengas que exprimirlos de un tirón.
Puedes dividir ese margen en sub‑bloques que se adapten a tu forma de trabajar; en mi caso, dos bloques de 50/10 encadenados me dan mejores resultados que intentar aguantar 90 minutos sin pausa.
Bloque 1 (09:00-10:00): Creación Principal
Este es mi momento de máxima energía cognitiva. Lo dedico exclusivamente a escribir contenido nuevo. Nada de emails, nada de redes, nada de «tareas rápidas» que fragmentan la atención.
En este bloque escribo el artículo base de la semana. 2.500-3.000 palabras que después multiplicaré en múltiples formatos.
Bloque 2 (11:00-12:00): Transformación
Después de un descanso de 10 minutos, entro en el segundo bloque. Aquí convierto el contenido base en versiones para diferentes plataformas: optimizo para SEO, adapto para newsletter, extraigo ideas para Notes.
Bloque 3 (17:00-18:00): Interacción
El bloque de la tarde para tareas que requieren interacción: responder comentarios, compartir publicaciones de terceros, buscar-ofrecer colaboraciones, etc.
Bloque 4 (18:00–19:00): Grabación y edición
Cuando la actividad del entorno decae, es un buen momento para grabar y editar contenidos de audio o video. En verano, que los días son más largos (y las actividades también), este bloque suelo colocarlo a primerísima hora de la mañana.
Entre bloques, descanso real. Caminar, comer sin pantallas, una siesta de 20 minutos. El cerebro necesita ese tiempo para consolidar lo procesado y recuperar capacidad.
Lo que NO hago:
Mezclar creación con tareas administrativas
«Aprovechar» los descansos para hacer «cositas rápidas»
Sacrificar sueño para ganar horas de trabajo
El secreto de mi productividad no es trabajar más horas. Es trabajar de forma más inteligente usando el sistema CASCADA.
El principio es simple: una pieza de contenido largo se transforma en múltiples piezas cortas para diferentes plataformas.
Cada semana creo:
Una pieza base (lunes, 50 minutos):
Un artículo de 3.000-4.000 palabras sobre un tema profundo. Esa pieza contiene suficiente sustancia para alimentar todo mi ecosistema de contenido semanal.
De esa pieza base extraigo:
Versión Web/SEO - Optimizada para mi blog con keywords y estructura para posicionamiento
Versión Substack - Adaptada para mi newsletter con tono más conversacional y engagement
Versión Medium - Con hooks de retención
Audio - El artículo transformado en formato podcast para Substack Audio, Spotify y Youtube Podcast
7-10 Notes de Substack - Ideas individuales extraídas del artículo, optimizadas para viralidad
Posts para LinkedIn, Instagram, Threads - Adaptaciones cortas para cada plataforma
Newsletter - Resumen con enlace al post y al episodio del podcast.
La clave del batching es hacer tareas similares juntas:
Este sistema funciona porque el cambio de contexto mental tiene un coste enorme. Cada vez que saltas de «modo escritura» a «modo edición" a «modo redes» pierdes 20-30 minutos en reorientar el cerebro.
Agrupando tareas similares, ese coste se paga una vez, no diez.
El sistema más elegante del mundo no sirve de nada si no proteges el tiempo para ejecutarlo.
Aquí está cómo protejo mis horas de creación:
1. Bloqueo inamovible en calendario
Mis bloques de 50 minutos están en el calendario como citas médicas. No se mueven, no se negocian, no se «posponen para mañana». Si alguien me propone una llamada a las 10:00 del lunes, la respuesta es «tengo comprometida esa franja, ¿puede ser a otra hora?»
2. Notificaciones desactivadas
Durante los bloques de creación, el móvil está en modo avión. Email cerrado. Mensajería silenciada. El mundo puede esperar 50 minutos. Si hay una emergencia real, mi familia sabe cómo contactarme.
3. Ritual de entrada
Antes de cada bloque tengo un ritual de 5 minutos: preparo la bebida (agua o té según la hora), reviso mi objetivo específico para el bloque, pongo música ambiental sin letra. Este ritual le dice al cerebro: «Ahora toca concentración profunda».
4. Límites claros con otros
Mi familia sabe cuando estoy «en el despacho». No es que no puedan interrumpirme por nada. Es que han aprendido a valorar ese tiempo tanto como yo. A cambio, cuando termino, estoy presente de verdad, no a medias mirando el móvil.
5. Un día de no creación
Los domingos no creo contenido nuevo. Reviso métricas, planifico la semana siguiente, pero no escribo. El cerebro necesita días de «barbecho» para regenerar capacidad creativa.
Durante mis años de burnout, ignoré todas las señales. Hoy las reconozco y actúo antes de que escalen.
Señales físicas:
Cansancio que no mejora con descanso. Si duermo 8 horas y sigo agotada, algo va mal.
Tensión en hombros y cuello. Mi cuerpo acumula estrés ahí. Cuando lo noto, es señal de reducir carga.
Problemas de sueño. Si me cuesta dormir o me despierto pensando en trabajo, estoy sobrecargada.
Cambios en el apetito. Comer sin hambre o saltarse comidas por «no tener tiempo» son red flags.
Señales mentales:
Resistencia a empezar tareas que antes disfrutaba. Escribir siempre me gustó. Cuando lo evito, algo pasa.
Dificultad para concentrarse. Si un bloque de 50 minutos se siente como una maratón, necesito parar.
Irritabilidad desproporcionada. Enfadarme por tonterías es señal de batería mental baja.
Pensamientos de «nunca terminaré». La sensación de agobio constante es alarma roja.
Señales emocionales:
Pérdida de satisfacción con logros. Publicar un artículo y no sentir nada es preocupante.
Cinismo sobre mi propio trabajo. «¿Para qué molestarse?» es el pensamiento que precede al colapso.
Aislamiento social. Rechazar todas las propuestas de quedar porque «tengo mucho trabajo».
Qué hago cuando detecto estas señales:
Primero, no ignoro. La Esther de 2019-2021 habría dicho «es temporal, ya pasará» y seguido trabajando. Ahora paro.
Segundo, reduzco carga inmediatamente. Cancelo compromisos no esenciales, pospongo deadlines que puedo mover, pido ayuda con lo que no puedo posponer.
Tercero, aumento actividades regeneradoras. Más caminatas, más tiempo en naturaleza, más horas de sueño, menos pantallas.
El burnout no llega de un día para otro. Se construye ignorando señales pequeñas. Reconocerlas a tiempo es la diferencia entre un mal día y un colapso de meses.
Cuando digo «productividad es tranquilidad» no hablo de trabajar menos. Hablo de trabajar de forma que no destruya tu paz mental.
Productividad como tranquilidad significa:
1. Saber que lo importante está hecho. Al final de cada día de trabajo, sé exactamente qué avancé. No hay esa sensación de «trabajé mucho pero no hice nada» que tenía cuando trabajaba 16 horas. Mi sistema tiene outputs claros y medibles.
2. Tener márgenes para lo inesperado. No lleno mi día al 100 % de capacidad. Dejo espacio para imprevistos, para días malos, para que la vida suceda. Si un día no puedo trabajar, el sistema aguanta sin colapsar.
3. Poder desconectar de verdad. Cuando termino mi jornada, termino. No arrastro trabajo mental, no reviso métricas por la noche, no «echo un vistazo rápido» al email antes de dormir. Mi cerebro descansa porque el sistema garantiza que mañana retomaré donde dejé.
4. Sostenibilidad a largo plazo. Puedo mantener este ritmo durante años. No es un sprint que me dejará destrozada en 6 meses. Es un maratón a ritmo cómodo que me permite llegar lejos.
5. Disfrutar del proceso. Escribir me gusta otra vez. Crear contenido no es una obligación pesada, es una actividad que elijo hacer. La diferencia entre crear desde el agotamiento y crear desde la energía es abismal.
Si quieres implementar este sistema, aquí tienes los pasos concretos:
Semana 1: Auditoría de energía
Durante una semana, anota cada hora qué hiciste y cómo te sentías de energía (1-10). Identifica tus horas de máxima energía cognitiva. Esas son las que protegerás para creación.
Semana 2: Diseña tus bloques
Configura 2-3 bloques de 60-90 minutos en tus horas de máxima energía. Bloquéalos en el calendario. Define qué tipo de trabajo haces en cada bloque.
Semana 3: Implementa el batching
Elige un día para creación base, otro para transformación, otro para distribución. Agrupa tareas similares. Observa cuánto tiempo ahorras eliminando el cambio de contexto.
Semana 4: Instala protecciones
Desactiva notificaciones durante bloques de trabajo. Comunica a tu entorno tus nuevos horarios. Crea rituales de entrada y salida de cada bloque.
Semana 5 en adelante: Ajusta y optimiza
Ningún sistema funciona perfecto desde el primer día. Observa qué funciona, qué no, y ajusta. Tu configuración óptima será ligeramente diferente a la mía.
El mayor error de mi época de burnout no fue trabajar demasiado. Fue creer que trabajar demasiado era necesario.
Me había convencido de que el sacrificio extremo era el precio del éxito. Que si no estaba agotada, no estaba esforzándome lo suficiente. Que descansar era perder tiempo.
Era mentira.
Mis 16 horas diarias no producían el triple que mis 4 horas actuales. Producían menos. Porque la mitad de esas horas las pasaba exhausta, con la concentración fragmentada, haciendo trabajo de baja calidad que después tenía que rehacer.
El sistema que te he compartido no es un lujo para cuando «tengas más tiempo». Es la condición necesaria para que tu tiempo valga algo.
A nuestra edad, cada hora es más preciosa. No podemos permitirnos desperdiciarlas en productividad tóxica que no produce resultados.
Si otros pueden trabajar de forma sostenible, tú también puedes.
Si este artículo resonó contigo, te invito a dar el primer paso: esta semana, audita tu energía.
Anota cada día a qué horas te sientes más concentrado, más creativo, más capaz de trabajo profundo. Y a qué horas sientes la energía baja, la concentración dispersa, las ganas de procrastinar.
Ese simple ejercicio te revelará información valiosa sobre cuándo deberías proteger tu tiempo de creación.
Y si quieres profundizar más, en mi libro "Incombustible" explico toda la ciencia detrás de la gestión de energía y motivación. Lo escribí como manual para mí misma durante mi recuperación del burnout. Hoy lo comparto porque sé que no soy la única profesional 50+ que ha llegado al límite.
Productividad es tranquilidad. No esclavitud.
Si otros pueden crear contenido sin destruirse, tú también puedes.
¿Te ha resultado útil este artículo? Compártelo con ese compañero 50+ que sabes que está trabajando más horas de las que debería. A veces, saber que hay otra forma de hacer las cosas es el primer paso para cambiar.
Suscríbete a mi newsletter para recibir contenido como este directamente en tu bandeja de entrada.

¡Me encantaría escuchar tu opinión!
© E. CLARAVALLS 2023. Todos los derechos reservados